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Fue
el 15 de abril, en Morris en una casona con paredes encumbradas
por las pinturas de Leopoldo Ortiz.
La muestra tuvo como pretexto la divulgación de un espacio
realmente distinto para almorzar o cenar, pero para el espectador
fue también un encuentro con la belleza, con el arte que confronta
y refleja y deja huellas y ya no se es más el mismo.
Porque, en este caso, la paleta, mirada de Leo, deja a través
de texturas, y colores y siluetas sospechadas, una invitación al
espectador.
Una invitación que es una puerta o una ventana, una tela
donde transcurrir la mirada y ser parte, identidad, y huella de
esa paleta abanico, pala, ladrillo y carretilla.
Leo se prolonga, se alarga y se entrega en esa recreación
del quehacer del albañil. Porque de eso se trata del milagro del
laburante que mago del cemento, arena y cal construye sueños y se
yergue augur y tahur de ilusiones ajenas.
La pintura de este artista sorprende por la belleza, el equilibrio
de forma y color.
El arte habla del hombre a partir del hombre y modifica al
hombre. Tal vez por eso los artistas están por aquí, para mostrar
y asegurar el milagro cotidiano de ser hombre.
La exposición empezó y continúa en «La quinta de Tucho»
en Paso Morales 1856, entre Potosí y Argibel, donde además se puede
comer, y bien.

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