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El caso del aliviador
del arroyo Soto es una demostración transparente de obra pública
ejecutada a la bartola, subordinando la planificación responsable
y los intereses y las necesidades de los vecinos a los tiempos y
las conveniencias políticas.
1) Es
elemental, y los ingenieros de Hidráulica lejos están de desconocerlo,
que los trabajos en un curso de agua no sólo deben planificarse
para el conjunto de la cuenca, sino que además no deben nunca comenzarse
aguas arriba. Menos aún, ejecutarlos únicamente aguas arriba. Sin
embargo las obras solicitadas por Ituzaingó en la cuenca del Soto
fueron autorizadas en el año 2003, a sabiendas de los efectos que
provocarían aguas abajo.
Doce años antes, en 1991, los propios técnicos de Hidráulica
habían dejado constancia en un informe de que no debían realizarse
obras aguas arriba en el arroyo sin atender primero el cuello de
botella que se producía aguas abajo. En la página 6 de dicho informe
puede leerse textualmente que el principal problema que se presenta
es que la capacidad media del mismo “se ve seriamente restringida
en ciertos sectores donde se producen estrechamientos, debidos al
avance de construcciones particulares y alcantarillas subdimensionadas”.
Y continúa: “En este sector (...) deben solucionarse los
estrechamientos existentes en forma previa a cualquier emprendimiento
en la cuenca alta y/o media”.
2) Es
también harto conocido que una obra debe planificarse teniendo en
cuenta proyecciones a futuro. Sin embargo, el ingeniero Castiglione
se vio forzado a admitir, en la reunión del 19 de abril en Ituzaingó,
que la obra del aliviador una vez terminada será ineficaz y no alcanzará
a cumplir los objetivos con que fue concebida. Esto se debe a que
el diámetro de los caños colectores es menor al que deberían tener,
pues para diseñarlo se tomaron como base estudios de precipitaciones
pluviales de los años 97/98, que han crecido en promedio alrededor
de un 50% desde entonces. Increíble.
3) Si
las omisiones e imprevisiones son graves mucho más lo es aún la
negligencia. Hace ya cuatro años, en febrero de 2003, el concejal
de Hurlingham Lisandro Pereiro presentó un pedido de informes al
ejecutivo, en el que alertaba sobre las posibles consecuencias de
las obras hidráulicas que se estaban por realizar en el vecino municipio
de Ituzaingó.
Preguntaba Pereiro si la municipalidad de Hurlingham había
realizado estudios hidráulicos para prevenir las posibles consecuencias
y finalizaba considerando que “las obras de entubamiento en el
distrito de Ituzaingó suponen una aceleración en el escurrimiento
de las aguas pluviales y sin los estudios correspondientes de impacto
en nuestro distrito pueden llegar a tener consecuencias nefastas
en las márgenes del arroyo en cuestión”. Más claro agua, con
perdón de la ironía.
El informe por supuesto jamás fue contestado y nada se hizo
desde entonces hasta la actualidad a pesar de que fue numerosa la
obra pública encarada en el distrito con financiamiento tanto provincial
como nacional.
Además, punteros políticos afines al oficialismo alentaron
en todo ese tiempo de manera irresponsable que se continuara avanzando
con edificaciones sobre la margen misma del Soto en la zona de William
Morris.

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